A veces ...

A veces suceden cosas, no se sabe muy bien como ni por qué, pero suceden. Tan sólo si se acata este principio se pueden explicar algunas de las cosas de las que son testigos nuestros propios ojos. Tal vez sea esa la única forma de entender que aquel extraño grupo de personajes desembarcara aquella soleada mañana de otoño en las playas de la isla de Muthgol.
El pequeño velero que había logrado traerlos hasta la isla había quedado fondeado en mitad de la bahía, y el bote en el cual habían llegado, a fuerza de remar durante un buen rato, estaba ahora reposando en la cálida arena, tras ser arrastrado playa adentro para salvaguardarlo de las mareas. Los tripulantes del bote se hallaban recuperando aún el resuello por el esfuerzo, al tiempo que trataban de reconocer el paisaje que les rodeaba y que para ellos era absolutamente novedoso tras su reciente desembarco. 
Tewe D'nes, un charlatán vendelotodo apoyaba sus manos sobre las rodillas mientras resoplaba con fuerza, él había sido el primero en mencionar la isla de Muthgol en aquella taberna en la que, tampoco se sabe muy bien por qué, habían coincidido todos, unos días antes. La casualidad quiso que también Mikindur, el enorme elfo barrigudo que se recostaba contra el bote dando bocanadas de aire para recuperarse, hubiera oído hablar del tesoro escondido de la isla de Muthgol, y fue entonces cuando ambos, jarra va jarra viene comenzaron a hablar de ese tesoro de leyenda, atrayendo la atención de algunos otros clientes de la taberna, en concreto de otro elfo, Fix, que rápidamente ofreció su espada para la causa, y de otro humano llamado Faiuz, que en verdad la más pura casualidad quiso que entrara en contacto con aquellos personajes, ya que se disponía a marcharse, cuando una de las jarras se rompió provocando un corte sin importancia a Mikindur en una de sus manos, lo que hizo que el tabernero se acordara de él y sus habilidades como sanador. Mientras curaba el pequeño corte y era invitado a una jarra de cerveza en pago de sus servicios, la historia del tesoro de la isla de Muthgol también caló hondo dentro de él, y terminó por unirse a tan variopinto grupo una vez decidieron organizar la expedición a la isla.
Y ahora todos a golpe de riñones y fuerza de sus brazos acababan de varar el un bote en la amarilla arena de la playa que contrastaba con el deslumbrante brillo turquesa de las cristalinas aguas que llevaban hasta ella. A unos doscientos metros de la playa, tierra adentro parecía verse el contorno de algunas casas, y a poca distancia de donde habían asegurado su bote, a la izquierda, otros 5 botes se hallaban varados en hilera, a buen seguro serían de los habitantes de la isla, o al menos eso parecía. A su derecha había otro pequeño bote sobre la arena, y un hombre de avanzada edad le estaba dando una buena mano de pintura, ignorando completamente a los visitantes que acababan de desembarcar ...

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